Juegos de palabras que se pierdan en la traducción de un anuncio de embarazo

En el juego de palabras, el riesgo de malentendidos es doble. Entre más amplio el sentido literal, más estrecha la posibilidad de bromear. Los posibles resultados esperados de una broma de palabras:

1.) Mirada en blanco: no entendió el chiste, y ​​ahora te sientes obligado a explicarlo y que pierdan aún más su interés

2.) Gemido: sí entendió el chiste, pero ahora piensa que eres menos gracioso que antes

3.) Guiño, sonrisa de lado, risita, leve carcajada: sí entendió el chiste, lo apreció y ya está tramando su próximo juego de palabras para poner a prueba tu propio ingenio

Fíjese que incluso el mejor resultado no es una risota completa. Contar este tipo de chiste no llevará su público a golpear las rodillas, pisotear con los pies ni limpiar los ojos de lágrimas de alegría. A mí me gusta expresar mi alegría en exceso para sobre compensar todo el reconocimiento perdido que seguramente el bromista ha sufrido en el transcurso de sus años humorísticos. Normalmente tengo una personalidad reservada en reuniones públicas, pero su intento de hacer un juego de palabras provocará una gran explosión de risa en mí… incluso si soy la única en reírse en toda la sala. Luego se cerrará de golpe la mandíbula agitada y se retirará la tortuga en relativo silencio hasta que se le ocurra otra ingeniosa ocurrencia. Que vivan los ñoños que dominan el poder de la palabra.

Ahora bien, imagínese los obstáculos al traducir un juego lingüístico. El doble sentido con el doble de público por idioma tiene la mitad de posibilidades de ser entendido, mucho menos apreciado. A menudo un juego de palabras se basa en el significado literal de una palabra o frase que regularmente se interpreta en un sentido figurado. La traducción literal pone bajo la lupa a tres palabras y hace la vista gorda al resto de la oración. Es presa fácil para el fracaso y una mala traducción. Para la traducción, una regla general es no traducir literalmente, palabra por palabra, sino tener en cuenta las pistas contextuales y traducir en función del sentido general del documento. El contexto es el rey en la traducción.

Los juegos de palabras, los eufemismos, la jerga y los chistes son algunas de las cosas más difíciles de traducir. Sí gimo, pero nunca me río, a una frase idiomática mal traducida. El chiste se perdió en el traductor, y ojalá que ese traductor haya perdido su trabajo. La clave está en encontrar un equivalente culturalmente apropiado.

Por ejemplo, en inglés, cuando llueve duro, solemos decir “it’s raining cats and dogs“. La mala traducción literal en español sería “están lloviendo gatos y perros”, mientras que una expresión común en español es “está lloviendo a cántaros”. Esto podría volver a traducirse incorrectamente al inglés como “it’s raining pitchers“, en lugar del dicho más familiar de “it’s pouring buckets outside“, que en español sería como decir “están derramando los baldes afuera”.

¿Más claro que el agua? Pues, por ser más confuso y mostrar el lado humorístico que heredé, mi padre solía preguntarnos más bien ¿más claro que el lodo? Sin saber si la respuesta correcta debía ser un sí o un no, dejábamos escapar una risita para satisfacerlo.

Aunque yo sabía todo esto de antemano, no pude resistir la tentación de usar expresiones idiomáticas en inglés, y después luchar con la traducción al español,  para anunciar hace poco mi embarazo a nuestras familias biculturales.

Dado que mi pareja y yo trabajamos en el sector del café (el desde el campo con los productores, y yo en el campo de traducción de los documentos de los proyectos), el tema era obvio. Para hacer nuestro anuncio, íbamos a “derramar los granos” (el dicho en inglés es “to spill the beans“). Literalmente, abrimos una bolsa de café y derramamos los granos tostados sobre la mesa. Sobre la mesa de café, para ser más precisos.

IMG_8265Para un angloparlante, es bastante fácil de entender que teníamos un secreto para revelar con la frase en inglés, “to spill the beans” (“estamos derramando los frijoles”), aprovechando que “bean” funciona igual para “frijol” como “grano de café”. Pero en español, se perdió el juego de palabras para el café y tuvimos que simplificarlo al bastante aburridor “tenemos algo que contar”. La frase idiomática equivalente en Colombia para “tenemos noticias” es “tenemos una chiva”.  Literalmente, se traduce horriblemente al inglés como “tenemos una cabra”…en lugar de un feto humano. ¡Ay no!

IMG_8264La segunda imagen en nuestro anuncio fotográfico fue de una tetera en la estufa al lado de una prensa francesa. En inglés jugamos con la palabra “brewing“, que sirve tanto para preparar el café como para significar todo lo que se está desarrollando, en el proceso de preparación, esperando en el horizonte: una idea, una tormenta, una revolución, una gestación. El paralelo entre el calor y la cocina se evidencia en otros eufemismos del embarazo en inglés, como “un bollo en el horno” o simplemente “horneando”. Para agregar suspenso y llevar a la tercera y última foto, agregamos “Brewing and ready in…”. Ahora, el verbo “to brew” se aplica en español estrictamente a la preparación de una bebida, por lo que hubiéramos tenido que dejarlo muy específico al café, “preparando el café y listo en …” y así perder la doble connotación. Así que eliminamos “el café” y esperamos que la tercera imagen aclarara las cosas.

IMG_8267Cualquier cliente de la cadena de café Starbucks sabe que pedir una taza alta, grande o regular sigue una medida poco definida, o más bien particular a esta empresa. Los estadounidenses beben el café generalmente en porciones extra grandes. Se requieren tres pocillos colombianos apilados para alcanzar una taza de café estadounidense. Un pocillo de Café de Colombia (¡Bebé!) pareció miniatura puesto en medio de dos termos imponentes de café (¡Mamá y Papá! Obvio, ¿no?). La fecha esperada de abril / abril 2018 lo dejó muy en claro, o al menos eso pensamos.

Lección aprendida: Hay que decirlo sin rodeos. Hay que ir al grano, no usar el grano como un símbolo idiomático. O si no, estar preparado para deletrearlo veinte minutos después a su suegra desconcertada. Una vez que ella estalló con entendimiento, sus lágrimas de alegría borraron todos mis errores lingüísticos.

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Buenos días, un tinto por favor

Muy buenos días a todos. ¡Feliz día nacional del café!

Nunca salen de moda los buenos modales. Les comparto este aviso de un café colombiano que ama a las personas bien educadas más que a la plata.

buenos dias un tinto por favorOjalá que todos los días sigamos este ejemplo lindo de empezar el día con un saludo cordial (a su barista, a su pareja, a su mamá) a cambio de una taza sabrosa de tinto. Y que vaya rodando esta pelota de cortesía y amabilidad por el transcurso del día.

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A very good morning to you all. Happy National Coffee Day!

Good manners never go out of style. I’m sharing this sign from a Colombian cafe that loves polite customers more than money.

It reads:

One cup of coffee $1500

One cup of coffee, please $1000

Good morning, one cup of coffee please $800

Hopefully every day we can follow this charming example of how to start our day, by giving a cordial greeting (to your barista, your partner, your mom) in exchange for a tasty cup of coffee. Let’s then keep this ball of courtesy and kindness rolling for the rest of our day.

Wildflowers beat bouquets; botones de oro me valen oro

Weeds spotted on the roadside,

picked on the return bike ride,

offered wilted in sweaty hand,

beats a bouquet from a foreign land.

Bring me no rose, emerald, or gold;

all I want from Colombia is you to hold.

Well, and our friend’s great coffee beans:

This is what simple joy to me means.

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Tres silvestres botones de oro

me valen más que minado oro,

esmeralda y plata.

Lo que nunca me falta

es la única exporta

de Colombia que me importa:

el café de nuestro amigo

(y tenerte acá conmigo).

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Un viaje colorido en chiva con cada sorbo de café de los Andes  

 

Viajar a toda velocidad en vías pavimentadas, con las ventanas cerradas, el aire prendido y la música a todo taco, es embarcarse en una carrera contra el reloj y contra la naturaleza. Encerrado tras cristal, las copas de los árboles y el pasto se juntan en una pared de verde borroso, la vida dentro de la vegetación escondida y olvidada.

Si transitar en un carro así es como habitar un apartamento en la ciudad, montar una chiva es como acampar bajo las estrellas.

La chiva colombiana, también conocida como escalera, es un camión convertido en bus, adaptado a las condiciones de las carreteras en la zona rural de la región paisa, y la forma tradicional de transporte público en el eje cafetero de Colombia.

¿Cómo distinguir a una chiva de la multitud de transporte público? Si bien hay buses y camiones en ciudades colombianas pintados en salpicones del patriótico rojo, amarillo y azul, en comparación la chiva es un colorido guacamayo. Mientras los buses municipales se limitan a líneas sobrias, la escalera es un frenesí de diseños geométricos y exóticos. El artista Carlos Pineda trazó la similitud con las mándalas de India y publicó un libro donde niño y adulto puede colorear o meditar sobre las mándalas de las chivas convertidas en blanco y negro. Para observar el proceso y perderse en el vertiginoso video de los diseños, ver hasta el final de Mándalas del Camino.

Otro elemento esencial de la escalera es la ausencia de vidrio en las ventanas de los pasajeros. Eso permite a los choferes y sus ayudantes pisar directamente sobre el marco de madera y usar el vehículo entero como una escalera para montar las cargas campesinos al techo: desde bultos de café para vender en el pueblo hasta los sacos de arroz comprados a cambio. No hay nada raro en ver un marrano atado o gallinas en guacales, pero un día me encantaría ver una chiva llevada encima de una chiva.

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Esperando al bus en La Florida, Risaralda 2011

La brisa corre por tu piel. Pues, la brisa corre un poco más rápido que el vehículo, así que tienes tiempo para observar con detalle a la naturaleza que pasa a los bordes de una carretera no más amplia que la escalera. Es una oportunidad para estar en contacto con la vida natural, y con la vida humana. En vez de sillas individuales, los pasajeros se sientan codo a codo en un solo banco largo, como asistir a una de las iglesia católicas que se erigen encima de cada pueblo paisa.

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Llegó la chiva, montado con mis compañeros para una caminata.

Quienes te acompañan son seguramente campesinos, y en la zona cafetera paisa de Antioquia, Caldas, Quindío y Risaralda, son caficultores. De acuerdo a la Guía Turística de Antioquia, las chivas “llegaron a Antioquia en 1908”. El municipio antioqueño de Andes, capital comercial del suroeste y eje de la economía cafetera de Antioquia desde hace más de 100 años, declaró en el 2004 la escalera un bien de interés cultural.

Antioquia es un Caramelo chivas Andes
Crédito: Daniel Augusto Cifuentes Sierra

En la terminal de transporte de Andes se estacionan las “55 chivas que todavía prestan servicio regular a las 62 veredas del municipio”. Daniel Augusto Cifuentes Sierra capturó esa escena en esta fotografía, publicado en el libro Vistas de Antioquía en 2014 por la Fundación Viztaz, dedicado a la conservación de la memoria cultural. Según el fotógrafo paisa quien trabaja con caficultores en la zona, “Las escaleras son sin duda los caramelos más coloridos de Antioquia y el principal medio de transporte del área rural.”

La Cooperativa de Caficultores de los Andes hace un homenaje a las chivas que transportan a sus socios con sacos de café para vender, tostar y exportar a países como los Estados Unidos. En una edición especial, el empaque de sus bolsas de café tostado viene estampado con los diseños coloridos de las chivas.

Este es el café que tomamos. Café envuelto en la tradición campesina. Por más calor que haga en este momento en el verano en Texas, intento tomar unos sorbos sentada afuera, con la brisa sobre mi piel, igual como montar en una chiva.

¿Te atreves a bajar el vidrio, sacar tu brazo, y sentir la naturaleza? Súbete a la chiva para disfrutar de este café producido en las montañas verdes de los Andes. Bolsas de media libra disponibles para vecinos amantes de un buen café.

Converting into a coffee drinker and loosening Latin tongues

Today I love writing for the coffee industry, and I love coffee, but it’s not always been (bean?) like that. Like a good Catholic, it’s time to confess.

I had my first taste of coffee fourteen years ago. It was two in the morning during finals week, with twenty pages left to write. Like Ramen and Sriracha, coffee was one of those college-kid staples that didn’t click with me. My nebulous memory of that, and a handful of other desperate nights alone with a bulging coffeepot and blank screen, involved twitching fingers over the keyboard, a vow to never do that again, and a wow at the grade I pulled off. I owed it to coffee, but swore off caffeine and procrastination once I tossed my tasseled mortarboard.

Seven years passed calmly, without coffee, until I landed in Colombia, the land of coffee. I imbibed in the free-flowing firewater (aguardiente) that revelers poured into the shot glasses strung around my neck. I gnawed on gelatinous strips of deep-fried pork rind (chicharrón), pretending that the row of teeth looked more like a bear claw danish than an animal spine. I nibbled a razor-sharp Communion wafer (hostia) until I observed the true Catholics letting it dissolve on their tongue. This former teetotaler, vegetarian, and Christian was quickly, albeit temporarily, converting out of cultural respect and curiousity. But the very waft of coffee brought back a wave of nausea, tremors, and profound regret.

No soup for you, but two bowls for you

Colombians have an acutely accurate proverb to describe what was about to become my experience with coffee (ditto for loud partying, greasy meat, and Catholic churches): “Al que no le gusta el caldo, le dan dos tazas.” It’s the polar opposite of Seinfield’s Soup Nazi, where even if you love the soup, “no soup for you”: If you do not want any soup, you’re given two bowlfuls.

It was not a Colombian who introduced me to coffee done right; it was an Italian. I’m enamoured with Italy: the expressive language, the svelte fashion sense, the ten-course meals. The food and the wine, oh yes, but in all I’ve gleaned about Italy I somehow glossed over the essential role of the espresso.

I learned to take espresso because it was given to me by an Italian. Or rather, it was ordered. “Dos tintos,” barked my new boss over the phone to the office runner. I had no choice in the matter. Down in the kitchen the server had already offered me coffee a couple of times that week and I had politely declined, “Oh, I don’t drink coffee, but thank you.”

Now she stood in front of the executive desk with a silver platter and a glimmer in her dark eyes as she asked how many teaspoons of sugar I’d like. I followed the Italian’s lead and accepted it black. It appeared innocent in a dainty white porcelain cup, but I could catch the gleam of the heavy black liquid. The heady aroma reeked of past regrets.

Like dancing a tango, I followed the man’s lead. He sipped, in silence, savoring. Then it was my turn. It was unsavory, but I enjoyed the silence. The first swallow loosened the tongue. As he explained my role as the organization’s in-house translator between Spanish and English, I hoped my tongue would also navigate the explosive Zs and Chs of Italian.

Sipping and conversing, we were two foreigners united by Colombian coffee and a need for common ground: language. We did our best in Spanish, lapsing into mother tongues when necessary. Two cups clinked gently on saucers, two or three times and it was over. The discussion was done, the tinto was gone. I hadn’t even realized that I’d finished the entire espresso; time went by that fast. Entirely unlike the early dawn hours of caffeine-induced insomnia to meet deadlines.

My life lesson from Colombian coffee

Among the many factors that determine a pleasant gastronomic experience are the food or beverage itself–quality, portion, preparation–and the setting in which it’s consumed–company, occassion, ambience. My only experience with coffee had been drinking an entire pot of hastily-made, discount-priced drip grinds, all alone and under stressful circumstances. I had been doing it all wrong, on all counts.

Colombia taught me to enjoy tinteando, the art of solely savoring small portions of black coffee in pleasant company.

A couple of years after I learned to drink espresso, we also acquired a Nespresso Aeroccino and learned the art of making cappuccinos and the science of baking pastries, but that’s a whole nother story that involves a couple of pounds of over-indulged guilt (can you say, biscotti?).

Drinking American coffee after learning to tintear in Colombia

Would you like to supersize that?

Which brings me back to America. Exactly one year ago I returned to the United States, and knowing that we’d moved from abroad with nothing but heavy books and pounds of Colombian coffee, our landlady salvaged some perfectly good things the lazy former tenants had left to be tossed in the trash.

Useful item 1 is this ugly mug. Other than the garish green handle that clashes hideously with the red hide of some trophy hunter, what alarmed me was its size. Here it looms over a Café de Colombia pocillo, just big enough for a tinto.

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When you fill a mug that large with a hot beverage, you have to drink it all in one sitting, otherwise it gets ruined in the reheat cycle. Chugging that much coffee does a number on your system. Drinking the same amount, spread out over a couple of hours at work or socializing, is more tolerable. Apply the same rules of thumb to caffeine as with alcohol–small doses, over a long period, lots of water in between, and never by yourself.

I see café customer behavior as a major difference between the United States and Latin American, and even European culture. In the U.S., customers commonly order coffee to-go and in a disposable cup, then scald themselves trying to swig it while rushing down the sidewalk (and promptly file a lawsuit). No wonder we’re stressed-out: the caffeine is not to blame so much as the hectic (and wasteful) form of consuming it.

Don’t walk with coffee; talk with coffee.

In Latin American cafés (and so I hear, European cafés, and please share if anywhere else), drinking coffe is an idle and enjoyable affair. It’s a time to sit down to consume, to observe, to converse, to socialize. Coffee is sipped, not gulped, amid dialogue. Or it’s a natural break in the work day, but office kitchens are stocked with ceramic mugs and not styrofoam cups. How can anything be slowly savored out of an artificial container designed for speedy disposal?

If you are decidely a tea person, or have bad flashbacks of cramming at term time with coffee, I challenge you to try the attitude behind tinteando. Sip a well-crafted espresso in pleasant company. For you to have a conversion moment like mine, the coffee doesn’t have to be Colombian, and the company doesn’t have to be Italian. Heck, try it with Folgers and your best friend. But you must follow the Colombian pocillo portion and the Italian philosophy behind Slow Food. Ah, la dolce vita.